viernes, 14 de junio de 2013

Un recuerdo

Un recuerdo

A veces recuerdo tus ojos
vivos y curiosos
como flotando
en un mar de piedras preciosas,
clavados en mí
como si no hubiera nada más,
mirándome, agachada
como esperando que no me marchase.

Y no me he marchado, nunca lo he hecho.
Me quedé ahí, en ese recuerdo
recluido en tu piel pálida,
intentando calentar
tus manos frías con mi cuerpo
y mis besos.

Atrapado en tu locura
pero enganchado
a ver tus labios hinchados cuando despiertas
llenando de perfume toda la cama.

O a recorrer cada una
de tus curvas blancas
como si tuvieran un mapa tatuado
que me llevase a ver estrellas en tu rostro
con las que orientarme en la oscuridad,
que nunca hubo noche cerrada
que le hiciera sombra al tacto de tus piernas,
ni luz
que le sentase mal a ese perfil radiante,
encerrado
en ese recuerdo

de tus ojos vivos y curiosos.

Javier González

Aguarrás y Matarratas

Aguarrás y matarratas

Anoche bebí,
bebí tanto.
sé que no volveré hacerlo.

destrocé un hígado
no se cuantos tenemos,
ni si todavía tengo uno.
cualquier bebida me consumía
a la vez que yo a ella.
una mezcla perfecta de
desinfectantes con refrescos.

y pude verte.
a través de la cristalera sucia
más allá de la barra
donde raspaba mis codos
para poder seguir tragando.

te vi pasar,
como quien ve
algo en llamas,
a toda velocidad,
pasar por delante de su propia cara
sin darse cuenta.


se que eras tú.

pero deje de verte,
para mirar perdidamente
esa barra de madera
antigua y seca.
con surcos y firmas anónimas
de otros que se sentaron
a beber durante horas,
como si el alcohol no doliera.
otros que una vez
creyeron ver pasar
a su mujer en llamas.

de pronto lo entendí;
firme mi nombre en mayúsculas,
bien grande,
el más grande de todos.
en una lápida, 
cambiante.

llena de nombres perdidos.
de tantos perdedores.

Miguel Olivencia

Enero

Enero

Además,
lloró calladamente
unas palabras
que me fueron cegadas
por la tierra que
lentamente
tapaba su nueva casa;

ese ataúd
lleno de mi infancia
lleno de su pasado
abandonado por la suerte,
en una orilla
que ahora me devuelve
imágenes de mares
salvajes y negros

mares donde nunca estuve

ese ataúd, dije,
que simboliza ausencia
y culpa y golpes al viento
vasos de whisky
rajados por golpes
contra una barra
que cada noche
ayuda a acercarle,
a la muerte,
un klinex ya usado,
para que

calladamente

llore esa muerte,

por la cual viene a visitarme.


Sebastián  Abdala